lunes, 23 de enero de 2017

Distancia

Los días malos son cuando despierto y tú no estás a mi lado.
Cuando entra el primer rayo de sol por las rendijas de la persiana y no puedo ocultarme de él entre las sábanas y tu pecho.
Los malos días son todos aquellos en los que no puedo besarte, ni contar los lunares de tu espalda, ni fingir que no me río cuando haces bobadas.

Los días malos son cuando estallo y no estás tú para retener la onda expansiva.
Cuando intento y no consigo. Cuando me pierdo y no me encuentras.

Los días malos son cuando te echo de menos. Cuando camino por el parque sin tu mano. Cuando se me ocurre un chiste malo y no lo escuchas.

Los días malos son cuando pienso “ojalá estuvieras aquí”. Cuando te siento lejos, a kilómetros de donde estoy.

Los días malos son cuando nadie me hace rabiar. Cuando no puedo enfadarme contigo por cualquier bobada y tú no puedes besarme en la frente.
Cuando no puedo llorar de la risa contigo mientras hablamos de cosas que solo nosotros entendemos.

Los días malos son todos aquellos en los que no puedo calmar tus angustias o silencios con mis labios. Cuando tengo frío y no tengo tus manos en las mías para entrar en calor.

Cuando no puedo cantar a voz en grito las canciones de mis películas favoritas sin que me mires como si estuviera loca pero te dé igual.
O cuando no puedes quejarte porque me dedico a repetir los diálogos de las películas que tienes pendientes de ver.


Cuando no estás, cuando te echo de menos, cuando no hay tiempo… esos son los días malos.

martes, 20 de diciembre de 2016

Invisible

Yo sé que te esfuerzas.
Sé que intentas salir a flote después de cada tormenta. Y, también, sé que nadie conoce tus batallas.

Sé que te escondes detrás de una armadura porque tienes miedo a desnudarte emocionalmente. Que lo hiciste una vez y no has vuelto a ser la misma.

Sé que la gente te ha criticado, te ha señalado, te ha ofendido, te ha humillado... También sé que has tenido que cargar con culpa, con temor, con vergüenza...

Sé que vives con desconfianza y autocrítica.
Sé que nunca estás conforme y todo te parece mal.
Sé que luchas por ser mejor porque siempre te viste inferior a los demás.

A veces, cuando no consigues llegar a tu meta, te desmoronas y sientes que nada ha valido la pena. Una carrera de fondo que nunca llega a acabar.
Crees que nunca serás una más y, simplemente, tendrás que conformarte con las migajas que otros te den.

Sé que no te valoras y te escondes detrás de las palabras.

Sé que te gusta ser invisible.
Sé que tienes pocas ganas de compartir tus pensamientos.
Sé que estás mejor sola que mal acompañada.


Pero sé, también, que eres valiente. Que eres fuerte. Que eres luchadora.
Sé que puedes conseguir todo lo que te propongas.
Sé que eres importante para muchas personas.
Sé que te mereces un corazón. Y una mano.

Incluso, sé, que yo confío en ti.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Cuando llueve.

Solíamos pasar las tardes de verano bebiendo zumo de frutas y riéndonos de la vida.
Solíamos tumbarnos a ver las estrellas, cada noche, a la orilla del mar.
Teníamos todo el tiempo del mundo y un millón de sueños por cumplir.
También, luchábamos contra cada lágrima.
Solía darme los mejores abrazos y confiaba más en mí que yo misma.


Mi habitación sigue repleta de nuestras fotos.
Aquella que nos hicimos cuando nos perdimos en la montaña y a mí me dio por ponerme melodramática. La que nos echó aquel extraño Papá Noel del centro mientras tú te tirabas el chocolate en el abrigo. Y nuestra primera foto, aquel día de octubre cuando decidimos comprarnos el puesto entero de dulces.

Solíamos pasar la vida...

Pero ya no estás.

No sé cuándo decidiste alejarte ni por qué.
Yo sigo esperando.

A veces te veo pasar por mi lado. Pero ya no tienes esa sonrisa...
Ahora, también, soy invisible para ti.

Ahora, cuando llueve, no tengo con quién ver películas en el sofá.

lunes, 24 de octubre de 2016

Frío.

Sentí su aliento en mi cuello.
Ese aliento frío que despertaba en mi el asco más puro que nunca jamás había llegado a sentir.

Llovía.
Había quedado con unas amigas para ir a una pastelería nueva. Un café caliente es lo mejor para las frías noches de noviembre.

Crucé la avenida como cada día. Siempre estaba llena de transeúntes. Odiaba llegar al final y tener que andar los últimos trescientos metros sin gente alrededor.

No recuerdo si él corría muy deprisa o si mis pies no avanzaban.

Sentí sus manos agarrando mi brazo.
Sentí su fuerza en mi espalda.

Aquella noche nadie me oyó gritar. Y si lo hicieron, decidieron mirar hacia otro lado o seguir escuchando su música favorita en el móvil.

No sé si dolieron más sus golpes para que callara y entrara en el coche, o el hecho de sentirme sucia y sola.

La tierra estaba húmeda y me asfixiaba cuando me abandonó desnuda y semienterrada.

Lloraba pero no quería llorar.
Quería que todo acabara. Quería pegarle golpes hasta reventar. Quería hacerle daño.
Incluso, en ese momento, podría matarle.

Sentía frío.
Frío.
Silencio.
Frío.


Supongo que nadie tiene derecho a decidir cuándo debe acabar tu vida.
Tampoco nadie tiene derecho a hacernos sentir inseguras.
No tenemos por qué ir a clases de defensa personal.
No tenemos por qué sentir miedo cada vez que paseamos por la ciudad.
No tenemos que ir con amigo o un novio para que nadie nos levante la voz.
No queremos tener que escuchar "piropos" obscenos que atentan contra nuestra integridad.
Supongo que deberían educarnos para el respeto y no enseñarnos a "no provocar".
Tenemos derecho a vestir como queramos.
Tenemos derecho a expresar nuestra opinión.
Tenemos derecho a decir "basta".
Tenemos derecho al respeto.

Tengo derecho a ser una mujer... Y me gusta serlo.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Vida.


Decidimos luchar.
Decidimos ser fuertes.
No sé cuánto tiempo pudo pasar desde que tomamos la decisión de darnos las manos.

Te vi subir, uno a uno, los peldaños de la vida. Persiguiendo tus objetivos.
Te vi, siempre, tan llena de vida. Ofreciendo mucho más de lo que te daban a ti.
Te vi reír.
Te vi llorar.
Te vi enfadada.
Te vi ruborizarte.
Te vi… Tan solo, te vi.
Desde el día que nos conocimos, supe que serías la persona con la que querría pasar el resto de mis días.
No existía momento en el que no brillaras con luz propia, incluso entre esas malditas cuatro paredes que intentaron asfixiarte durante catorce meses.

Creo que, siempre, supe que ibas a cambiarme la vida. Me harías verla con otros matices y entenderla como solo tú la entendías.
Muchos días, cuando la quimio te volvía débil y te veía dormir durante horas, me preguntaba por qué tenías que ser tú y no otra persona.

A veces, cuando la vida se volvía gris y mi sonrisa desfallecía, sacabas fuerzas (no sé de dónde) y me hacías prisionero de tu labios.
Sé que me perdonaste pero, aun así, te pido perdón por los momentos en los que te dejé sola. Muchas tardes las lágrimas me volvían cobarde y no me permitían abrir la puerta de tu habitación.

Catorce fueron los meses que decidiste demostrarme, una vez más, que tus ganas de vivir y de respirar eran reales.


Pero un domingo de abril, el destino decidió por ti.

Decidió que tenías que volar lejos de aquí, lejos de mi, lejos de todo.

El árbol que me hiciste prometerte que plantaría el día que te fueras, me hace compañía en el jardín que, una vez, fue nuestro hogar.
Cada mañana, me levanto y le miro. Me hace sentir que, aunque no estés aquí, sigues aportando luz a este mundo, sigues siendo VIDA.

Gracias por haber compartido tu tiempo conmigo.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Cobardes.

El mundo está lleno de cobardes que se creen valientes por atreverse a romper sonrisas y provocar desilusiones.
Personas egoístas que, poco a poco, se van destruyendo a sí mismas por el simple hecho de apartar a los demás con sus actos.
Hace tiempo, dejaste que, una persona de estas, te rompiera en dos.
Confiaste y ofreciste todo lo que podías.
Quisiste destruir los muros que aseguraban tu corazón.
Dejaste que viera tus debilidades y tus mejores besos.
Sus caricias no se apartaban de tu espalda y el calor nunca se agotaba.
Permitiste que besara cada duda y cada lunar de tu cuerpo.
Quiso bajarte la luna y a ti se te olvidó que podías hacerlo tú sola.




Y se fue la luz.
Y volviste a quedarte a oscuras.
Y volviste a pensar que, a veces, debes aprender a ser valiente, pero de verdad. Valiente para saber decir "no".
Valiente, para empezar a quererte a ti misma.

sábado, 2 de julio de 2016

Déjate romper.

Admito que te vayas.
Admito que nunca quisieras quedarte.
Admito que fueron más las cosas que no nos dijimos que las que yo creía entender en cada frase tuya.
Admito ser la culpable de querer encontrar lo que, ni siquiera, tú me ayudabas a buscar.
Podría admitir todos mis errores (y los tuyos) pero eso no me haría ni sonreír más ni dormir mejor.
No sé calcular cuántas palabras hacen falta para que mi sensatez de paso a la ilusión.
Creo que, incluso, tienen razón cuando me dicen que no se puede confiar en un corazón.

Hace días que no sé de ti.
Ni de cómo fue todo en el trabajo. Ni si has sonreído hoy.
Ni sé la respuesta a todas esas preguntas absurdas que suelo hacerte cuando quiero saber más sobre tu vida.

Tal vez, me cansé de luchar a contracorriente y, simplemente,  dejé que la vida siguiera su camino (aunque no existieran cruces donde tropezar).
Me cansé de los días de cal y de arena.
Me cansé de aparentar alguien que no soy.
No sabes lo mucho que me esforcé, cada día, en demostrarte que la vida es maravillosa.

¿Y qué, si me río por tus bobadas?
¿Y qué, si tus labios encajan en perfecta armonía con los míos? ¿Y qué, si prefiero mil inviernos contigo a un verano sin ti? ¿Y qué?
A veces, pensamos más en lo que podríamos hacer que en hacerlo.

Siempre he tenido miedo de volver a caer por arriesgar demasiado.
Pensaba que volvía a llegar la hora de intentar ser fuerte con alguien que me demostraba su valor y sus ganas de luchar pero me equivoqué. No eras valiente.
Entonces supe que, realmente, tienes razón cuando me dices que no vale la pena luchar para salvar a alguien que no quiere ser salvado.

Mi mano siempre estuvo dispuesta a sostener la tuya pero tú nunca estuviste dispuesto a agarrarme fuerte.
Y me da igual si pierdo o gano. Realmente, nunca quise una guerra.

Algún día, romperás esa burbuja que solo tú ves y alimentas. Y, en ese momento, te demostrarás a ti mismo, que eres capaz de volver a dejarte romper.